México acaba de romper su propio récord de exportaciones con 72,500 millones de dólares en junio. A primera vista suena bien: superávit comercial de 4,090 millones en el mes y 9,857 millones en el primer semestre. Pero antes de celebrar, hay que preguntarse lo obvio: ¿a quién le cae el dinero realmente?
La respuesta es incómoda. Estas exportaciones masivas benefician principalmente a las grandes corporaciones —muchas transnacionales— y a los sectores integrados en cadenas globales. Hablamos de automotriz, electrónica, manufactura pesada. Empresas que tienen acceso a crédito, tecnología, y conexiones internacionales que la pequeña y mediana empresa mexicana ni sueña. El trabajador promedio ve poco de esos 72,500 millones.
El superávit comercial es engañoso como indicador de bienestar. Un país puede estar exportando más mientras sus salarios caen, sus pequeños negocios desaparecen, y su moneda se devalúa. México es exactamente ese caso. Las exportaciones crecen porque las empresas grandes aprovechan mano de obra barata y regulaciones laxas. No porque el país sea más productivo o innovador.
Miremos quién se beneficia en la cadena: las corporaciones exportadoras ganan márgenes amplios. Los accionistas, muchos extranjeros, ven sus dividendos crecer. Los bancos que financian estas operaciones obtienen comisiones jugosas. Pero los trabajadores en las plantas de manufactura siguen ganando salarios que no alcanzan para vivir dignamente. Las pequeñas empresas que no están en estas cadenas de exportación simplemente quedan marginadas.
El superávit de 9,857 millones en el primer semestre tampoco significa que México esté ganando. Es dinero que entra en las arcas del Estado y en los bolsillos de corporativos, pero no necesariamente se reinvierte en educación, infraestructura o innovación local. Muchas veces se destina al servicio de deuda externa o se queda en paraísos fiscales.
Hay además un problema estructural: la dependencia extrema de exportaciones. Si algo falla en Estados Unidos o en los mercados globales, México cae estrepitosamente. El país no está diversificando su economía ni fortaleciendo su mercado interno. Solo está funcionando como una maquila gigante al servicio de cadenas globales controladas por otros.
El récord también esconde asimetrías brutales. Mientras grandes exportadores prosperen, ciudades enteras donde vive la población trabajadora enfrentan pobreza, inseguridad y falta de servicios. El dinero que sale del país en forma de exportaciones no regresa como inversión en bienestar colectivo.
En conclusión: estos números que parecen un triunfo son principalmente un triunfo para quienes ya tienen poder. Para el capital trasnacional, para los magnates locales, para los intermediarios financieros. Para la mayoría de México, son cifras que no tocan sus vidas. El dinero sigue concentrándose en los mismos lugares de siempre.