Un subgobernador de Banco de México acaba de soltar la verdad incómoda: la inflación de servicios se niega a caer y ronda el 5%, cuando la meta institucional es llegar a 3%. Eso no es un detalle técnico. Es la confesión de que existe un segmento de la economía donde los precios están fuera de control y nadie tiene las herramientas —o la voluntad política— para frenarlos.
¿Qué servicios hablamos? Restaurantes, hoteles, educación, salud privada, telecomunicaciones, transporte. Es decir, todo lo que la clase media y alta consume regularmente. Y ahí está el primer beneficiario: los empresarios que operan en esos sectores. Mientras Banxico lucha por controlar la inflación general mediante tasas de interés, ellos pueden seguir subiendo precios sin que nadie los toque directamente. Es un arreglo implícito donde la política monetaria no les llega.
La inflación de servicios persistente es dinero en juego. Cada punto porcentual que no baja es ganancia extra para hoteles, restaurantes de lujo, universidades privadas y clínicas. Un restaurante que sube 5% anual sus precios sin que Banxico pueda intervenir en su cadena de valor específica es un restaurante ganador. Lo mismo aplica para educación privada: mientras la inflación de servicios educativos se mantiene elevada, las colegiaturas crecen sin fricción regulatoria real.
Pero hay un perdedor claro: el consumidor promedio. Especialmente el que no tiene acceso a servicios públicos de calidad y depende del mercado privado. Si tu hijo necesita educación privada porque la pública es deficiente, no tienes opción: pagas la inflación de 5%. Si requieres un servicio de salud privada por urgencia, pagas. Aquí es donde la desigualdad se consolida: los ricos pueden elegir, los pobres compran lo que pueden.
El segundo ganador es el sector financiero. Tasas de interés más altas por más tiempo significa márgenes más gordos para bancos. Mientras Banxico mantiene tasas elevadas tratando de controlar esa inflación de servicios que no puede alcanzar directamente, los bancos se benefician del spread más amplio. Es una ironía cruel: la solución monetaria al problema genera ganancias para quien controla el crédito.
El problema de fondo es que Banxico no controla precios de servicios. Su herramienta es la tasa de interés, que funciona mejor en bienes manufacturados con cadenas de valor complejas. Un servicio, especialmente uno que requiere mano de obra local y no tiene sustituto importado, sigue su propia dinámica. Un corte de cabello en México no compete globalmente. Un tratamiento dental tampoco.
Que un subgobernador reconozca públicamente que la meta de 3% es cuestionable en servicios es admitir que existe un pedazo de la economía donde Banxico ha perdido el control. Y mientras eso ocurra, los empresarios de servicios seguirán ganando, los consumidores seguirán pagando más, y las tasas de interés se mantendrán altas: beneficiando a los banqueros. Es un círculo donde casi todos ganan, excepto quien menos puede permitirse perder.